... Danielle y yo llevábamos preparándonos media hora. Cuando terminé de maquillarme me mire al espejo, estaba guapísima (imaginados cuanto para que yo lo diga). Llevaba un vestido largo de seda, de color verde esmeralda, con la espalda al aire, el peinado y el maquillaje no hacían más que mejorar el conjunto. Danielle se quedó con la boca abierta y me dijo:
-Hoy encontrarás al hombre de tu vida.
....
Unas horas más tarde estábamos con unos amigos en un gran salón, rodeada de gente importante y atractiva. Todas las mujeres con unos vestidos impresionantes y tacones de infarto, los hombres, de impoluto esmoquin. No tenía nada que envidiar del resto, al menos no esa noche.
Yo estaba sentada en una silla, rodeada de mis amigos y más personas a las que había conocido en la gala.
Había terminado mi copa, y un tal Robert, un conocido de Danielle me ofreció una.
-Muchas gracias,- respondí amablemente,- pero me voy a levantar yo si no te importa.
Me levanté de la silla, caminé hacia la barra en forma de U, de manera que los camareros me separaban de más gente al otro lado de la barra.
-Un gin-tonic,- dije en perfecto inglés.
Mientras el camarero me servía la copa, levanté la vista. Y crucé la mirada con él.
Mierda.
¿Qué le había hecho yo a nadie para que me pasara esto?
L conversaba animadamente con un grupo de impresionantes chicas que se morían por el (se podía ver a simple vista).
No supe que hacer, hasta que el camarero me trajo mi copa.
Le di un trago largo, algo fuera de todas las normas de educación que reinaban en ese gran salón, y miré a L, mientras se acercaba a mi...

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