... ¿Qué estaba pasando? No podía entender nada. L y yo estábamos bien. Muy bien. No podía entender porqué me echaba así de su vida. Y más en este momento. En el que lo que más necesitaba era un apoyo.
-L... ¿porqué no puedo ir contigo?
L miró su teléfono móvil.
-M, tengo hacer una llamada, vuelvo en cinco minutos.
Y L salió fuera. Esta vez, raro para mi, no lloré. Estaba en estado de shock. Me había imaginado que L me iba a decir cualquier cosa menos eso. Cuando regresó después de hacer la llamada, se sentó más lejos de mi que antes. Me miró a los ojos, pero apartó rápido la mirada. Miró hacia su vaso, y comenzó a darle vueltas.
-M, tengo que ir solo. Y tu no puedes venir, tienes que seguir con tu vida.- Y volvió a mirarme a los ojos, pero volvió a quitar la mirada.
-Pero, ¿qué he hecho? No lo entiendo. -Dije.
-No has hecho nada. Es una decisión que he tomado. Me he dado cuenta de que no te quiero como antes. Y tenía que terminar con esto. Y he encontrado el momento perfecto.
Los labios de L decían una cosa, pero sus ojos decían otra cosa completamente diferente. En la cena habíamos hablado del pasado, de nuestro pasado juntos, y L me quería. Más que antes, eso era seguro.
-No te creo. -Dije.
-Puedes quedarte en casa el tiempo que quieras, cuando yo vuelva a recogerlo todo habrá pasado mucho tiempo.
-Estás intentando hacerme daño, para que sea más fácil para mi olvidarme de ti. Pero no lo vas a conseguir.
La cara de L se descompuso. Pero de repente, hizo algo que nunca había hecho hasta ese momento.
-M, ¡quiero que me dejes en paz! ¡Quiero estar solo! Vete de mi vida. Te ofrezco mi casa hasta que tengas de irte a NY. No hay nada más que explicar.- Me gritó L.
Me quedé pálida. Mirando para él. Dandome cuenta de lo poco que le conocía.
Saqué la cartera, dejé veinte libras en la mesa y dije:
-Para las copas.
Y me fui. Salí corriendo del bar. No miré atrás. La lluvia era más fuerte que antes. Tenía puesta la gabardina de L. Me dio igual. En aquel momento mi perfecto (mejor dicho casi perfecto) mundo se había roto en pedazos. Otra vez.
Me paré en seco en mitad de la calle. Miré atrás. Miré al frente. Tenía que ser fuerte, ya había aprendido que debajo del roto del papel en blanco que era mi vida, solo me esperaban brillantes constelaciones de colores.
Vamos, o al menos eso creía...

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