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| Miedo |
...Llegué a casa, dejé la gabardina tirada en el sofá y corrí al cuarto a encender un cigarrillo. Caminaba de un lado para otro de la casa sin quitar la mirada de la gabardina. Pensando que podría haberme dejado T.
Cuando por fin me tranquilicé, saqué del bolsillo de la gabardina un sobre. Con mi nombre escrito en el reverso.
Lo abrí y saqué una carta. En ella había una carta, la había escrito cuando me fui de Tailandia.
La lei una vez, despacio, y las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos. Repetí en alto algunos fragmentos:
"no puedo dejar que te vuelvas a ir de mi lado " ... "lucharé por ti" ... "la distancia no significa nada cuando tu lo significas todo" ... "volveré a París a por ti" ... "todo será como antes" ...
Y llegué al final de la carta. Donde T había escrito una frase que me llegó al corazón, ya que en ella definía perfectamente cómo se sentía realmente.
"SOY PRISIONERO DEL BESO QUE NUNCA DEBISTE DARME"
Había otro papel, que aparentemente no estaba escrito, pero al darle la vuelta, en una esquina, allí estaba la frase, que el mismo T había escrito ese mismo día.
"Tenía tantas ganas como miedo".
Miedo, prisionero de un beso.... Yo había creado esta situación, y era mi turno arreglarla. Cogí las cartas las llaves de casa y la gabardina. Salí corriendo a la calle, y llegué a casa de T en menos tiempo del esperado. Entré en su portal, subí corriendo las escaleras, dispuesta a hablar con él.
Llamé a la puerta sabiendo que todo aquello no estaba bien.
Sabiendo que no debía hacerlo. Sabiendo que lo que iba a pasar seguramente estuviera mal.
Nunca me hubiera imaginado todo lo que sucedió cuando un T destrozado, apareció al otro lado de la puerta.

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